Inercias del pasado

Me vais a permitir una entrada más personal de lo habitual.

Ya desde el año pasado, estoy dando clases particulares a un niño con TGD que tuve la suerte de conocer durante mi último periodo de prácticas universitarias. Y la verdad es que este segundo año sacándole adelante no albergaba demasiadas esperanzas respecto a lo que sucediese en su aula, por la actitud que tuvo su tutora hacia él el año anterior (no entraré en detalles, pero dejémoslo en que toda la familia y yo celebramos que pasase de curso pese a la nula adaptación de los contenidos que se le hizo).

Y cuál fue mi sorpresa el primer día de este curso al enterarme de que el colegio había renovado plantilla, contratando a bastante gente joven, y que este año, la profesora de este niño sería una de estas chicas nuevas. Y yo me ilusioné, por que algo en mi cabeza me dijo que la sangre nuevo traería alguna metodología más innovadora que las vistas el año anterior, que no sirvieron de nada a mi niño.

Pero de nuevo, me equivoqué y volví a sorprenderme cuando descubrí la metodología de esta profesora… subraya todo lo importante del libro en clase (es decir, todo) y te lo llevas a casa para copiarlo, y no esperes que te explique nada más.

Y ahí estamos, mi niño y yo dedicando horas a copiar un texto para el que luego debo dedicar otras cuantas horas a explicárselo, creando actividades y juegos con los que, poco a poco, consiga entenderlo y salvemos las dificultades que su situación presenta. Aunque en el fondo sé que mi niño no es el único, que en su clase hay otros 30 niños que también necesitan de un contenido adaptado para el que las palabras de un libro de texto no están preparadas.

Y así es como al final, vuelvo a la realidad, una realidad educativa en la que las nuevas generaciones se dejan llevar por las inercias de un pasado que nos dejó en la posición que estamos ahora. ¿Tanto cuesta adaptar la escuela al niño? ¿tanto trabajo cuesta pensar en ellos antes que en nosotros? Para mí la respuesta está clara, por que amo enseñar y disfruto con la sonrisa de cada niño, pero ¿para cuántos profesores más piensan así?

Educar no es solo un trabajo, es una forma de vida, y el que no esté dispuesto a darlo todo por recorrer ese camino se perderá, y en su camino serán otros a los que dé por perdidos por no encontrarse a uno mismo.

 

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