Fénix

Nunca soñé con volver, y mucho menos hacerlo como un héroe. Por eso soy incapaz de caminar con la cabeza alta por las calles de las que me arrebataron de joven para llevarme al frente de la batalla. Allí hice lo mismo que en los callejones oscuros, lo necesario para sobrevivir. Pero con el tiempo resultó que la gente empezó a seguirme para continuar con vida, en lugar de intentar quitármela, y así nació la hermandad. Procuré no establecer lazos con nadie, porque sabía mejor que muchos lo fugaces que son los amaneceres entre la neblina de la pólvora. Y de nuevo el tiempo que iba pasando me recordó que no tenía porqué estar solo. Cuando propuse esa última incursión suicida, no lo hice para huir de ellos, simplemente era mi trabajo, aunque ni mi experiencia ni desesperanza me permitieron imaginar el resultado final y sus consecuencias. Al final fui yo el único que se inmoló, derramando lágrimas frente a todo un país aún en recuperación, al recibir la medalla de un valor que nunca tuve. Fue en ese momento, rodeado de desconocidos y camaradas, cuando me di cuenta de que mi vida había terminado. Ahora debo forjar una nueva, o eso me dicen, pero no sé por dónde empezar. Mis pasos me han llevado frente a la puerta del novato, en una interminable calle, que no he llegado a recorrer entera, en una ciudad que ya apenas reconozco. Las ruinas y andamios van cerrando las heridas de los bombardeos, mientras los casquillos siguen acumulándose entre las hojas de las aceras. En el reflejo de la ventana puedo ver las siluetas de los vecinos observando, esperando quizá, como yo, a que ocurra un milagro. Lo único que se enciende es una cálida luz y, tras un chasquido, se abre lentamente la puerta hacia un futuro incierto, en el que mi vida no corre peligro, y precisamente por eso parece tener menos sentido vivirla.

Ni el mullido suelo del salón, amortiguado por alfombras y cojines, consigue despertar en mí el sueño que tantas noches me arropó entre rocas y tierra mojada. Tampoco consigue el olor del café recién hecho y los rayos de sol, que se cuelan a través de las cortinas, impulsar mi cuerpo a levantarse del bunker improvisado. Todos han venido a verme, sin falta, para asegurarse de que estoy bien, o de que lo estaré en un futuro. El novato no deja de repetirlo, como un mantra que en tantas ocasiones repetimos al unísono con otras palabras. Ahora no estoy seguro de poder compartir su significado o siquiera entenderlo. Cuando el ruido de la televisión se torna en palabras asimilo poco a poco esa fe que las entrevistas transmiten, por un maravilloso futuro, por un presente brillante. Nunca me deslumbraron las luces de los enemigos cuando estábamos en combate, y sin embargo llevo ya días sin mirar tras la ventana, rehuyendo lo que fuera aguarda. Cómo es posible que la guerra haya terminado y yo haya dejado de luchar.

Algo más de un año fue necesario para que volviese a hacer frente a lo desconocido, para que el novato recuperase su nombre y yo el color en mi mirada. Si lo conseguí fue gracias a él, gracias a todos los hermanos que creyeron incansablemente en mí, cuando ni yo era capaz de verme. Todavía recuerdo la primera vez que mis ojos me devolvieron a la realidad en el espejo del baño, trasladándome a los cristales del autobús en el que me reclutaron. Entonces ya había tomado la decisión de no escapar al futuro, rendirme a él, a sus órdenes y batallas. Pensé que me iría mejor que donde estaba, pero tras unas semanas los temblores de mi cuerpo se encargaron de sacarme de mi error. Siempre luchando, en las calles o en el frente, no encontré lo que buscaba, una familia que me reconociese por lo que soy y no por lo que hice, y sin embargo les añoraba a todos. Qué habría sido de mi pandilla, seguramente corrieron mí misma suerte, aunque hace ya mucho tiempo que dejé de pensar en ellos. No creía que después de tanto tiempo sería capaz de recordar sus nombres, nuestras travesuras y aventuras hasta que la guerra estalló. Entonces volví a empezar, sin lazos ni cadenas, en un nuevo escenario, donde esperaba que las cosas fuesen diferentes, sin cambiar yo primero. Supongo que todos estos pensamientos fueron los que arrastraron mi mano hacia la máquina de afeitar, que se encargó de borrar al antiguo yo del espejo para ofrecerme un nuevo retrato sobre el que construirme de nuevo. En mi ciudad, en mi tierra, con mis hermanos, con mis camaradas, con mi esperanza y con mis miedos.

El retorno nunca es fácil cuando creímos dejar atrás un vacío que resultó estar más lleno de lo que quisimos reconocer en ese entonces. Algunos restos del pasado esperarán su regreso, para hacerte saber que siempre estuvieron y estarán contigo. Mientras seguimos todavía intentando olvidar lo último que vivimos. Quién dijo que las segundas partes nunca fueron buenas es porque no aprendió de las primeras, y no hay nada que reprocharle, porque a veces necesitamos hasta una tercera vez para quitarnos la venda, que nos impide ver la realidad sin filtros. Inevitablemente, a veces, todos debemos volver la vista atrás, desandar el camino y absolvernos por elegir una senda que fue lo que esperábamos. Y mientras las heridas por las caídas van sanando, también recordaremos por qué nos levantamos y, a pesar de todo, y sin importar la dirección, seguiremos adelante, apostándolo todo por un futuro que puede que continuemos sin alcanzar.

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