Purgatus

La habitación vuelve a cambiar. Esta vez me lleva al colegio de mi infancia. Tantos recuerdos cruzan mi alma que por un segundo el escenario tiembla antes mis ojos. Parpadeo y los colores se asientan en mi retina. Hace tiempo que no lo visito, ni quiera sabría decir cuando fue la última vez, pero de alguna manera es tal y como lo recuerdo. La sonrisa que se ha empezado a dibujar en mis labios evocando los juegos de los recreos se desvanece mientras las primeras figuras aparecen. Ellos sí han cambiado, ahora son adultos como yo y alcanzar la cesta de baloncesto es un juego de niños para todos. En apenas un minuto sabrán qué decir para hacerme olvidar el lugar en el que me encuentro y hacer desparecer mis temores. Después, cuando menos me lo espere y más duela, llegará el momento de huir. Pero eso ya no importa, los reencuentros siempre me encantaron y me sumerjo de lleno en ellos. No puedo resistirme a abrazar a todos esos amigos y contrarios de la pista, recorrer los pasillos en blanco del colegio, sentarme en el que fue mi pupitre… por lo menos esta vez la comida es algo decente comparado con los proyectiles que solían iniciar batallas campales en el comedor.

Quizá si no hubiese recordado aquello él no habría aparecido y las sonrisas del resto no se habrían tornado en esa mueca macabra que me devuelve a la realidad, candado de verla en todos aquellos que algún día me importaron y se preocuparon por mí. Sé que correr no me servirá de nada, y aun así mis piernas se mueven fustigadas por el miedo, mis ojos vuelven la vista atrás en lágrimas una última vez, sin ver que me alcanzará antes de haber tenido para esconderme, y eso que tiempo atrás conocía los mejores rincones ocultos del colegio. Pero a él no se le escapa nada, nunca.

Llegar hasta la azotea fue un reto estúpido que un día me propusieron y gané la apuesta. Ahora esa subida atropellada tiene poco de triunfal. Ojalá recordase mejor mi estancia aquí, ojalá no hubiese perdido el contacto con tantos amigos, ojalá… los lamentos sirviesen para no olvidar. Lo único seguro es que esos ojos negros me llevarán de vuelta a las llamas y en cuento cierre los ojos la pena me embriagará hasta que los vuelva a abrir.

Y todo volverá a comenzar, en un viejo escenario, con mis queridos actores y los recuerdos que me quedan, de una vida que ya terminó para mi hace demasiado tiempo. Al menos aquí puedo reencontrarme con ellos, disfrutarlos momentáneamente, para volver a lamentar todo lo que dejó atrás mi egoísmo por vivir una vida vacía, de excesos sin sentido. Puede que algún día encuentra la respuesta y él me deje marchar, puede que mis buenas acciones aquí compensen las de antaño, puede que ya no sepa diferenciar a veces entre él y yo, sus recuerdos y los míos, sus ojos negros y mis cuencas vacías.

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