Con ojos de niño

Hace más de cinco años que escribí este relato corto, pero no lo había publicado antes por la cantidad de recuerdos de mi infancia que evoca… Espero que al leerlo también viajéis a vuestro pasado.

La inocencia de ser pequeño, la ilusión por vivir una aventura, el ansia de descubrir algo que deje boquiabiertos al resto. ¿Recuerdas todo eso? ¿Recuerdas las horas en el recreo que pasamos juntos cavando, tratando de llegar al centro de la Tierra? ¿Recuerdas escaparnos de clase para seguir escarbando? ¿Recuerdas robar las palas a los niños pequeños? Yo sí, yo lo recuerdo todo, como si fuese ayer, como si acabase de suceder antes de levantar los párpados, después de cerrar los ojos.

Recuerdo tu sonrisa, las uñas llenas de tierra, las mangas marrones que después manchaban los libros. Recuerdo que al final no conseguimos llegar al centro de la Tierra, pero descubrimos un secreto aún mayor. Un secreto que solo nosotros conocemos, y que quizá se esparció por el colegio después, pero nunca lo llegué a saber porque me marché después.

Sin embargo, aún recuerdo tu mirada de aquel día, tu grito reclamando mi atención, tu mano ensangrentada sosteniendo una pequeña raíz, una raíz teñida de rojo que nos llevó a pelar el árbol que encubría nuestro agujero. Y bajo la corteza encontramos el cobrizo color de la sangre circulando por el tronco del árbol. ¿Recuerdas la explicación que le dimos? ¿Recuerdas por qué abandonamos la misión más fastuosa de todas?

No puedo evitar sonreír al recordarlo, la imaginación era nuestro poder, nuestra palanca para lograr todo lo que quisiéramos conseguir. Y en el colegio, en el barrio, cada rincón tenía su propia magia, su misterio sin resolver, su árbol sagrado, su riachuelo envenenado. Un mundo de aventuras que dejamos atrás junto con parte de nuestra inocencia.

Pero ¿acaso lo has olvidado? Volviendo a caminar entre las ya no tan altas copas de los árboles, ¿no reconoces allí el mundo de los duendes de las hojas? Intentando esquivar el parque infantil ¿no sientes el impulso de volver a columpiarte tratando de alcanzar el Sol dando la vuelta al mundo? Porque un banco nunca será tan entretenido como ese columpio, lo mires como lo mires, ese columpio siempre tendrá magia. Aunque quizá el banco también la tuvo como escondite de bandidos o prisión de piratas.

No se puede escapar a la magia, porque la magia estará siempre allá donde estuvieron los niños y, ¿hay algún rincón que no haya investigado alguna intrépida compañía de viajeros? Escalando árboles, sorteando la corriente de un embravecido río, buscando cobijo tras una montaña de piedras. ¿Recuerdas todos esos viajes? ¿Todas esas marcas que dejamos en uno y otro lugar, para hacerlo nuestro, para conquistarlo?

Estoy segura de que lo recuerdas tan claramente como lo hago yo. Estoy segura de que por muy lejos que estemos aún recuerdas ese árbol, esas piedras, ese río, ese gran universo en el que crecimos, y que ahora llamamos barrio. Porque, claro está, el mundo ha crecido demasiado desde entonces, y la magia se ha desvanecido como la niebla de la mañana.

Pero todos fuimos niños, todos crecimos. Algunos exploramos nuevos mundos demasiado pronto, y otros continuaron allí, añadiendo páginas al libro de misterios del barrio, manteniendo viva la magia de cada rincón.

¿Reconocerías todos esos lugares ahora? ¿Habrán cambiado desde entonces? Hay noches en las que esa preocupación me desvela, me hace dar vueltas en la cama, me hace recordar, y como hoy, me pregunto si tú también recordarás, y si, al igual que ellos, tú también habrás cambiado.

Muchos fueron los días que pasamos juntos, y pocos son los que recuerdo. Como una película cortada a trozos, momentos tristes y alegres, fiestas y castigos, se suceden sin orden ni cohesión en mi mente cada vez que hojeo fotos del pasado. Otros simplemente están ahí, en mi cabeza, y no puedo asegurar que sucediesen, pero todo parece tan vívido como el parque que fue bosque encantado.

Quizá, mientras recordemos, aunque los lugares cambien, la magia que hay en ellos no se pierda. Quizá ya todo haya desaparecido. Quizá el recuerdo no sea más que el fruto de la imaginación de un niño. Quizá todo fue tan real como siento que lo fue. Quizá no. Quizá sí.

Supongo que la única forma de comprobarlo sería volver al pasado, y qué mejor forma de hacerlo que volverte a ver, a ti, a ese árbol, a ese río, en ese universo, nuestro barrio. Reavivar la llama aventurera que un día tuvimos que dejar atrás. ¿Qué me dices? ¿Volvemos a soñar?

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