Tumba de roble

Camino entre los árboles, sin rumbo. Mirando al suelo y al cielo aspiro el aroma de las flores, de la hierba regada por el rocío de la mañana. Al suspirar, una pequeña y blanca nube besa mis labios y huye hacia el cielo. Aprieto con fuerza las manos en los bolsillos. Busco el reproductor de música y lo apago antes de que entre en mis oídos el sonido de esa canción que significó tanto para nosotros, que tanto significa para mí. Pero ya es demasiado tarde, el primer acorde ha llegado a mis oídos mientras me quitaba torpemente los cascos. Ahora, bajo la luz del sol, una lágrima resbala por mi mejilla. La dejo llegar hasta mis labios y la saboreo un segundo.

Lo bueno de estar en la naturaleza es que nadie te ve, estás solo. Puedes llegar a viajar. Es algo que ella me ensenó. Cierras los ojos y escuchas. Miles de sonidos llegarán a tus oídos, se colarán en tu mente sin permiso y te olvidarás de todo.

Y eso es lo que busco, lo único que necesito. Ya no habrá más tardes para contarnos historias ni noches en las que nos abracemos. Porque te has ido, te he perdido y me has dejado solo en este mundo.

A veces me siento perdido, otras, confuso. No sé qué hacer. Me preguntó a menudo si podré volver a estar contigo y al final siempre termino aquí. Donde todo empezó.

Me detengo frente al enorme roble, nuestro roble. Y acaricio el corazón que dibujaste con tus llaves. Nuestros nombres siempre descansarán allí, y de algún modo también lo harán nuestros corazones.

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