Fresa nata

Dejo caer mi cuerpo en el asiento del autobús mientras respiro profundamente. Ha sido una mañana muy larga, las clases, los trabajos, las exposiciones… mis tripas rugen deseando llegar a casa.

La canción que suena a través de mis auriculares es interrumpida por un nuevo sonido. Un chico que se ha sentado dos asientos delante de mí invita al resto de pasajeros del autobús a escuchar la música que sale de su teléfono. Molesta, rebusco el reproductor en mi bolsillo para subir el volumen. Pero en su lugar lo detengo, la melodía que suena me resulta familiar, una melodía de anuncio con el final modificado. Antes de que pueda reaccionar las puertas del autobús se abren y al cerrarse la melodía ha desaparecido. Traspaso con la mirada el cristal en busca del chico, pero no logro encontrarle entre tanta gente que sube y baja. Miro la hora 3:45 p.m. Sin duda estoy volviendo tarde a casa. Pulso el botón y me bajo en la siguiente parada. En realidad, mi casa está una parada más adelante pero necesito caminar, estoy algo confusa. No he podido equivocarme, no ha sido una coincidencia, aquella melodía era mía, nuestra.

Hace ya más de diez años desde que la escuché por última vez, bueno, más bien la compuse, en un campamento de verano en la montaña. Nunca me han gustado los campamentos pero ese año fue diferente, conocí a un chico. Con nueve años no te preocupas por saber donde vive o su teléfono, simplemente juegas, ríes y te diviertes. Su rostro está borroso en mis recuerdos, pero ambos éramos muy listos, debimos pensar que eso ocurriría y compusimos una melodía, única, con la canción de un anuncio, pero cambiamos las dos últimas palabras. Un juego de niños que después de tanto tiempo aún recuerdo. Prometimos encontrarnos al año siguiente en el mismo campamento, utilizando la canción, pero no se presentó, y al año siguiente tampoco. Perdí la esperanza y dejé de buscarle, conservando lo único que me quedaba de él, nuestro secreto, nuestra canción, esa canción que se ha escapado antes de que haya podido reaccionar.

La vida está llena de momentos, oportunidades, que suceden sin apenas darnos cuenta y dejamos escapar o simplemente vemos pasar.

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